En busca de universidad. Santo Domingo, México y Lima en el siglo XVI: Enrique González González

Este artículo está centrado en el establecimiento de las primeras universidades en América. Analiza los casos de las tres primeras ciudades –Santo Domingo, Lima y México– en las cuales se implantó la institución. El texto describe los complejos procesos de creación institucional los cuales involucraron factores tales como la situación política, social y económica del lugar, el papel de las élites locales y, de manera especial, la actitud de la corona, que siempre se mostró renuente a desembolsar fondos para el establecimiento de las instituciones. Por lo mismo, si bien las cartas monárquicas o pontificias de creación de las universidades les daban fundamento legal, las condiciones específicas de cada ciudad o territorio fueron las que determinaron la consolidación o el fracaso de tales experimentos.

En la primera mitad del siglo XX, estalló una polémica acerca de qué país alojó a la primera universidad del continente americano. La República Dominicana, Perú y México se disputaron la primacía en el tiempo.1 Durante décadas, cientos o miles de páginas alimentaron tan estéril debate, en el que cada país se declaraba ganador, sin importar el peso de las pruebas y los argumentos de las otras partes. Hasta la fecha, las universidades de Santo Domingo y de San Marcos siguen anunciando en sus respectivos lemas, el título de “primada”.2 Semejantes porfías, antes que esclarecer el pasado con los instrumentos de la crítica histórica, tenían por fin “salvar el honor” nacional de cada contendiente. Buena parte de la historiografía se tiñó, o aún sigue impregnada, de semejantes alegatos.

Por suerte, desde el último cuarto de la pasada centuria, la historia de las universidades se viene abriendo a más amplios horizontes. Busca comprender el papel jugado por tales instituciones en cada sociedad y época, su estructura interna y, muy en particular, ha emprendido estudios para contar y conocer mejor a las poblaciones escolares, hasta donde las fuentes permiten: cuántos estudiantes y graduados tuvo cada una, cómo y por qué fluctuaron las cifras a lo largo del tiempo, qué facultades eran las preferidas, los campos de trabajo que se abrían a los graduados, etc. El interés se desplazó, de la exaltación de sus “hombres ilustres”, al intento por explorar al conjunto de los miembros. También se ha interrogado por el peso de los poderes que, desde fuera, gravitaban en la vida interna de las academias. Además, ha insistido en que las universidades no son, ni fueron, hechos aislados y únicos, sino que eran parte de tramas regionales, nacionales o internacionales. Por tanto, los estudios comparados resultan indispensables, pues sólo es viable definir a una institución si se exploran las semejanzas y diferencias con sus pares. De ahí la tendencia reciente a agruparlas en modelos, en función de características comunes.

Los modelos universitarios del mundo hispánico durante la época medieval y moderna han sido estudiados ante todo por Mariano Peset et al. (2011) quien apunta que no se trata de formatos rígidos y estáticos, sino que deben describirse a partir de una serie de rasgos compartidos por cierto número de instituciones, mismos que en otras no se advierten, o tienen menor relevancia. Además, los modelos se modifican con el tiempo, y una misma institución puede mudar su estructura al ser objeto de reformas de cierto calado.

Peset habló de cinco estilos principales en la península. El primero lo aplica a las surgidas en la edad media, como Salamanca y Valladolid, y que define como claustrales, pues se autogobernaban con base en un conjunto de juntas académicas, llamadas “claustros”, presididas por un rector, miembro de la comunidad. Gozaban de rentas para su sustento y ellas las administraban. Solían graduar en las cinco facultades tradicionales de artes, teología, medicina, derecho civil (leyes) y eclesiástico (cánones); además, ellas definían los mecanismos para designar a sus catedráticos. Con todo, desde el siglo XVI esa autonomía fue siendo diezmada por una creciente interferencia real. También surgieron en la edad media las universidades municipales, así llamadas porque los ayuntamientos tomaban la iniciativa de crearlas; ellos las financiaban, legislaban y controlaban de modo cada vez más estrecho. Son típicas de la corona de Aragón y se fundaron entre los siglos XIV y XVI.

Las universidades activas en la península ibérica a fines de la edad media se contaban con los dedos de la mano. En cambio, en la última década del siglo XV y en el XVI, surgieron casi treinta, de nuevo cuño, en Castilla y Aragón. Un rasgo común fundamental fue su dependencia, por así decir, estructural, respecto de autoridades o poderes externos. Es decir, se regían por normas que su fundador dictaba; otras veces, el rector no pertenecía a la comunidad, o ésta carecía de facultades para elegirlo. El más difundido en Castilla se llamó colegio-universidad y empezó en Sigüenza, en 1489. Un particular, casi siempre un alto clérigo, fundaba un colegio para alojar a cierto número de estudiantes becados -los colegiales- que se gobernarían a sí mismos por un rector designado entre sus colegas. Además, el fundador dotaba algunas cátedras y obtenía las licencias de la autoridad secular y eclesiástica. Más tarde, el papa y el rey permitían a esos colegios otorgar grados. En ese modelo, el rector del colegio también rige a la universidad, que funciona bajo el mismo techo, y depende de sus rentas y de las cátedras instituidas. El ejemplo más notable fue Alcalá de Henares (1499), cuyo riquísimo colegio mayor y su rector presidían a la universidad y a varios colegios menores. Pero por lo común, eran instituciones pequeñas, con seis o doce colegiales y pocas cátedras. Resultaban, pues, relativamente fáciles de fundar y sustentar.

Texto completo:

www.udual.org/revistauniversidades/doss65-2.html

Revista Universidades Año 1 – núm. 12 | núm. 65

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