Nadie escucha

 

Max Stirner, el filósofo excepcional, escribió en defensa de los animales: “El tigre que me ataca se halla en lo correcto, y yo que le respondo, también estoy en lo correcto. Defiendo en contra de él no mi derecho, sino a mí mismo” (El único y su propiedad). Me gustaría transformar esta aserción en otra cosa: “Para defenderme del animal debo entonces convertirme también en animal”. Que mis colmillos y mi crueldad se hagan presentes de manera justificada ya que estoy defendiendo mi vida; no mi derecho a la vida, sino mi supervivencia. Bernard Williams destaca la definición de la palabra “humano” que ofrece el Oxford English Dictionary: “Marcado por la empatía hacia los otros y por la consideración de sus necesidades y aflicciones; sentir o mostrar compasión y ternura hacia los seres humanos y los animales inferiores”.

El mismo filósofo inglés que resalta la anterior definición hace notar en su ensayo El prejuicio humano, que los humanos pueden llegar a albergar odio contra sí mismos cuando se percatan de que no modificarán éticamente su entorno y que el odio, la crueldad o la injusticia prevalecerán pese a todos sus esfuerzos. Hagan lo que hagan nada cambiará. El humano no egoísta se culpa por el estado animal de su comunidad. Pero Williams reprueba este sentimiento ya que lo encuentra demasiado prejuicioso y sesgado. Y escribe: “El odio a uno mismo, en este caso, es un odio a la humanidad. Personalmente pienso que hay muchas cosas que detestar de los seres humanos, pero su sentido de identidad ética como especie no es una de ellas”. Cualquier lector podrá reconocer en estas palabras el espíritu de Rousseau cuando exclamaba que quien atentara contra el pacto social atentaba también contra sí mismo. De esto ya sabemos mucho y ya estamos algo hartos. Yo en lo personal sí lo estoy. Y además dudo mucho de que ese sentido de “identidad ética como especie”, del que hablaba Williams, exista en realidad. Más bien pienso que es una patraña de buena voluntad, o una máxima cuya intención es ejercer la esperanza.

El hecho de que algunos seres humanos procuren el bien de los otros y de los animales inferiores no quiere decir que en todas las personas se dé esta inclinación humanista ni de identidad ética. Así las cosas, me inclino por pensar que el egoísmo humano pregonado como característica esencial por Stirner resulta menos fantasioso que el humanismo. Acepto ese egoísmo trascendental, aunque para ello deba contarme y contar en mis libros o ensayos, una vez más, la parábola de la empatía ética humana. ¿Qué más le queda a uno que narrar mentiras piadosas para intentar educar a los “animales”?

Por lo general —y no es grato advertirlo ni expresarlo— las personas no saben conversar. No tienen ninguna idea acerca de lo que significa una buena conversación: es decir, una en la que la ética o ser moral del otro crezca en nuestros oídos. Poner atención no nada más en los argumentos (que tan poco valen a la hora de actuar), sino en el temperamento, la inclinación moral, los prejuicios, virtudes y carencias del interlocutor: ello resulta casi imposible. Demandar algo así es excéntrico e ingenuo. Las supuestas conversaciones que se dan en casi toda mesa se hallan lastradas por el egoísmo y la pura necesidad de imponerse sobre el otro y sobrevivir. Sé que he llevado mi narración a un extremo insoportable, pero aun en los seres humanos más sensibles e inteligentes que he conocido se presenta cínica tal característica.

Desde mi punto de vista es Stirner y no Bernard Williams el que acierta en sus observaciones y juicios generales al respecto. En una conversación “normal” acerca de casi cualquier tema, el saber no se considera un bien socrático, es decir, un bien relativo que incluso obtiene su sustancia de la ausencia de sabiduría (como tan bien lo describe André Glucksmann en su libro Los dos caminos de la filosofía). La conversación se degrada a ser un simple armamento, utilería militar, instrumento de poder sordo, postura incapaz de obtener en complicidad con los otros esa deseada identidad ética de la especie: imposibilidad de esperar a que el otro nos convenza, debilidad antisocrática que prefiere la verdad impuesta en vez de inclinarse por un método o diálogo creador de bienes.

Habrá que resignarse. Si el tigre nos ataca lo correcto es defendernos, no por derecho, sino por necesidad. Y la conversación, medio ideal para conseguir, al menos, una versión parcial e incompleta de la llamada “identidad ética”, no se presenta, o se hace concreta, a causa de una cuestión práctica, pero esencial: la mayoría de los seres humanos no sabe conversar, somos sordos y egoístas. Es decir: bestias que hacen lo correcto.

Guillermo Fadanelli

Fuente: http://www.nexos.com.mx/?p=26055

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