Charles Bukowski: el campeón del humorismo negro

En el aforismo 178 de El discípulo de Emaús (1945), Murilo Mendes cifró la ética –o la falta de ética— del imperio: “La vulgaridad al alcance de todos; he ahí la fórmula de la civilización norteamericana”. La obra de Charles Bukowski (1920-1994) registra un expediente minucioso de esa “ética de la vulgaridad”, que parece estar cada vez más de moda. Lo que hoy produce fama, dinero y aplausos, le destruyó el hígado a Henri Chinaski, alter ego del escritor, y lo mantuvo en el anonimato durante muchos años. Cuando lo alcanzó el éxito, Bukowski contenía demasiado alcohol en las venas y un exceso de dolor acumulado, para dejarse afectar por los elogios. La “industria Bukowski” surgió a pesar de a él, y la capitalización de sus libros le tocó a sus amigos y a sus ex.

El nativo de Andernach refirió historias que son pan de cada día en los mass media de hoy: infumables confesiones de performeros, casos esperpénticos en los reality shows, y hasta la subasta en línea de la virginidad de Isabel Lluvia –Elizabeth Raine— por $100 000 dólares o ¿quién da más? Sin embargo, la sordidez y la vulgaridad de Bukowski no fueron ni superficiales ni tibias. Un día le preguntaron por quién iba a votar, por los republicanos o por los demócratas. Contestó que para él eran lo mismo: cold shit or hot shit. Bukowski era alérgico a la mierda, aunque siempre estuvo inmerso en ella. Como los gatos que paseaban por su apartamento, entre botellas y ropa tirada, supo caer de pie. A Bukowski lo salvan la profundidad y el humor. Se carcajeó de la vida, de sí mismo y de sus contemporáneos. Prefirió el alcoholismo y la locura antes que trabajar de 8 a 5 pm. Se defendió, día tras día, de la mediocridad capitalista, hasta sangrar. Y de esa hemorragia diaria surgió su literatura.


La prosa es Bukowski es un expediente tremebundo. El primer frentazo que tuve con ella llevaba el título de Erections, Ejaculations, Exhibitions, and General Tales of Ordinary Madness. Lo pulbicó City Lights, en San Francisco, en 1972. El título no resistió. Hoy se vende como The Most Beautiful Woman in Town and Other Stories (City Lights, 1983), y abre con el trágico relato de una triste muchacha en un bar de mala muerte. Todavía es legible y conserva su tristeza original. Este libro chatarra comprueba la capacidad imaginativa de Bukowski. Es un alucine magistral. El estilo puede haber envejecido; las historias, no.

Una estudiante chicana, Leslie Gálvez, me regaló Dangling in the Tournefortia (1981). Me dijo que lo leía de noche, en el baño de su dormitorio, porque no podía dormir. Bukowski la arrullaba. Ese obsequio también fue una revelación. De ese poemario aprendí dos lecciones transparentes: primero, que la poesía no requiere solemnidad ni estoicismo. Bukowski versifica anécdotas que cualquier desconocido/a podría referir en un restaurante o en un bar. Es “oralitura” pura, avant la lettre, y fluye como agua. Segundo, que un verso de más de 14 sílabas pesa demasiado, tiende a convertirse en prosa –o versículo–, y hay que cortarlo en dos (o hasta en tres). Sus líneas son concisas, agudas y exactas. Escritas sin estilo pero con estilete. En su eficaz encabalgamiento, recuerdan el varaible foot de William Carlos Williams, o la compleja sencillez de las Odas elementales de Pablo Neruda. Además, están condimentadas con un fino humor negro, cadavérico y pugnaz, que desarma al lector/a y le exige una inevitable sonrisa.

Bukowski retrató, sin misericordia, al proletariado blanco americano que también se conoce como white trash. Entre sus páginas aparecen, también, algunas prostitutas negras, uno que otro asiático, y algún chicano perdido. Aunque en Los Ángeles habitan más de 10 millones de personas de origen mexicano, pocas veces los trató en su obra. “Yeah, man?” es una excepción. Refiere el encuentro de Bukowski con un grupo de muchachos latinos y su corta estancia en East Los Ángeles —East Los—, el barrio latino por excelencia y tradición. Proponemos, aquí, una traducción libre y mexicanizada del poema:

¿Sí, man?

la cancha se fue a volar
y todos esos
chaparritos morenos
llegaron

se estacionaron frente al jardín
donde sólo él se estacionaba
y bloquearon la entrada
con sus viejos autos,
chocados gigantes acorazados.

había un chaparrito moreno que
tenía su carro en ladrillos
le faltaban las cuatro ruedas
sólo tenía un faro
y la defensa estaba
colgando.
el chavo llevaba overoles
y una camiseta
recargado en la salpicadera
fumaba un cigarro.

Larry salió de su casa.
caminó hacia el chavo
recargado en la
salpicadera.

“hey, man, me estás bloqueando
la salida” le dijo Larry.

el chavo no dijo nada.
sólo siguió recargado allí
fumando su cigarro.

“Quiero mover mi carro
y el tuyo está estorbando”
le dijo Larry.

el chavo exhaló. “¿sí,
man” y siguió recargado
en la salpicadera.

Larry regresó a su
cuarto.
podía ver al chavo ese
recargado allá afuera.
Larry empezó a tomar scotch
con traguitos de cerveza.

entre más pensaba en ello
más violado
se sentía.

Larry siguió bebiendo
y mirando a través de la ventana
al chavo ese
y el chavo seguía allí
parado
sin moverse
por 30 minutos
una hora.

de repente Larry gritó,
“¡LA GRAN CAGADA!”
y fue a su cuarto
y tomó su navaja
y salió
azotando la puerta

entonces caminó
hacia el chavo
lentamente
y se detuvo.
Larry llevaba
la navaja
en la palma de la mano
cubriéndola con un dedo
y entonces empujó
la puntita
contra la camiseta del chavo
y le dijo,
“mueve tu carro”.

y el chavo le dijo,
“seguro, man, nomás tenías
que habérmelo dicho”.

entonces el chavo
fue hasta su casa
y volvió con
otros 3 chaparritos
morenos
y empezaron a ponerle
de nuevo las llantas
al carro.
lo hicieron rápidamente.
pero arrancar el carro
fue otra cosa.

Larry regresó a su
cuarto
y se paró frente a la ventana
donde los chavos podían verlo
tomando
y viéndolos

finalmente arrancaron el carro
y el primer chavo
se subió en él
y se fueron.

Larry salió de su casa
se subió al auto
y manejó lentamente
para comprar un par de six packs
y un poco de
pollo frito.

compró las cosas
regresó
y notó que
la puerta del frente
estaba medio abierta
y cuando entró
las paredes estaban
pintadas con espray
con dibujos mal hechos y
palabras
que no podía
entender.

no estaba el radio
no tenía tele
pero su reloj electrónico
había desaparecido
se habían llevado
todas las almohadas
las sábanas
los cajones de la cómoda
tirados
el colchón
navajeado
y el hule espuma
desparramado.

todas las llaves de agua estaban
abiertas.
se habían orinado en el
piso de la cocina
huevos estrellados en el suelo
y la basura
regada allí.

todos sus cuchillos, tenedores y cucharas
volaron
faltaban la sal la pimienta
el pan el café
y el refrigerador estaba
vacío

y en el baño
no había papel higiénico
el espejo estrellado
y el gabinete vacío
rastrillo
crema de afeitar
pasta de dientes
curitas
aspirinas
todo
ido.(…)

entonces decidió
que había llegado el momento
de cambiarse de casa
más hacia el oeste.

 

 

Fuente: http://cultura.nexos.com.mx/?p=8942 , por  , Imagen de Marco Raaphorst, publicada bajo CC.

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