Santo Tokaitl, rastros de la identidad en la toponimia municipal

En un ensayo reciente, Alan Knight prácticamente tira al bote de la basura el concepto de identidad nacional, argumentando que no sirve para explicar realidades tan complejas como la forma de ser y actuar de la gente que habita un determinado país. Con todo, rescata algunos atributos de la pretendida mexicanidad; subrayo uno: su dimensión espacial. Por supuesto, la geografía no alcanza para caracterizar a un pueblo, pero, junto con la dimensión temporal, ambos ejes conforman sus marcadores más concretos.

Es por ello que la toponimia ofrece un generoso muestrario de los estratos que a lo largo de la historia se han venido sobreponiendo para estructurar nuestra rica y diversa identidad.

México se integra por 31 estados y un Distrito Federal. A su vez, las entidades federativas se dividen en municipios —delegaciones en el caso del D.F. El país está conformado por 2,457 municipios. Bacalar, creado en febrero de 2011, en el estado de Quintana Roo, es el más reciente. ¿Qué tradiciones podemos identificar en la onomástica de la unidad mínima de nuestra organización político-administrativa? En busca de respuestas, va una clasificación.

Primero, están los nombres que dan cuenta de algún recurso o característica natural, tan obvios como los de Salto del Agua y El Bosque, en Chiapas, o Boca del Río y Agua Dulce, en Veracruz; pero también los que no lo son tanto, como Bachiniva, Chihuahua, que así se llama en alusión al arroyo homónimo que cruza el municipio. En segundo lugar, los topónimos religiosos: santos y santas y también vírgenes, cruces y Cristos, ánimas, ángeles, virtudes, los reyes magos y celebraciones cristianas. Enseguida, los nombres indígenas, categoría en la que incluimos todos los vocablos de origen prehispánico.

Luego, es necesaria una bolsa a la cual despachar los topónimos en los cuales las tradiciones indígena y católica tienen carácter sustantivo, por lo que ambas tradiciones ya no pueden separarse: San Mateo Atenco, Estado de México; Santiago Maravatío, Guanajuato; Nazareno Etla, Oaxaca, y San Andrés Tuxtla, Veracruz, son algunos ejemplos de esta categoría, depositaria de perlas de nuestro sincretismo. Por último, está la onomástica que encuentra explicación en la historia nacional. Y si bien al final del conteo resultaron muy pocos, fue imposible librarse de la etiqueta “Otros”, misma que impusimos a los municipios inclasificables en cualquiera de las categorías anteriores.

¿Cuáles son los estratos con mayor presencia en la toponimia municipal? Antes de mostrar los resultados, van algunos ejemplos de las dificultades con que nos topamos a la hora de ubicar cada nombre en la categoría adecuada.

Un estado de la República y varios municipios honran la memoria del general Ignacio Zaragoza Seguin, héroe de la Batalla de Puebla: Zaragoza, en Coahuila de Zaragoza; dos municipios más en Chihuahua; Atizapán de Zaragoza, Estado de México; General Zaragoza, Nuevo León; cuatro municipios en Oaxaca, uno en San Luis Potosí y uno más en Veracruz. Sin embargo, Zaragoza, Puebla, no tiene relación alguna con el militar mexicano, sino con la familia de los fundadores de la población, los Rueda y Mondragón Márquez, originaria de Zaragoza, España.

El municipio neoleonés China se llama así no porque albergue una importante colonia asiática, sino para recordar el martirio del primer santo mexicano, San Felipe de Jesús, asesinado en 1597. Esa era, al menos, la intención, aunque el topónimo resultó un tanto norteado, ya que San Felipe ciertamente fue muerto Asia, pero en Nagasaki, Japón.

Mascota, Jalisco, es un municipio denominado así en alusión a ciertos animales, pero no a los domésticos, como podría pensarse: Mascota, proviene del teco Amaxacotlán Mazacotla, que significa “lugar de venados y culebras”.

Se podría suponer que Minatitlán es un vocablo de origen estrictamente indígena, pero en realidad es un híbrido con el cual se quiso significar “lugar de Mina”. Esto, no en referencia a una excavación para extraer minerales, sino a Francisco Xavier Mina, el guerrillero español que peleó del lado de las fuerzas insurgentes. Minatitlán, Colima y Minatitlán, Veracruz, honran su memoria.

Ciénega de Flores, Nuevo León, no es un lugar florido; se designó así para conmemorar al sargento Pedro Flores, dueño de los terrenos cenagoso en donde en 1624 se fundó el poblado.

Zacualtipán de Ángeles, Hidalgo, no lleva tal apelativo en referencia a los espíritus celestes creados por Dios para su ministerio. Se le puso tal nombre para recordar a un experimentado cañonero, el general villista Felipe Ángeles.

Ni San Francisco del Oro, Chihuahua, ni San Juan de Guadalupe, Durango, tienen un topónimo cuyo origen más remoto sea religioso: el primero debe su apelativo a Francisco Molina, quien en 1658 descubrió la mina aurífera que dio vida al poblado, mientras que el municipio duranguense se llama así en recuerdo a sus primeros colonos, una pareja cuyos nombres eran Juan y Guadalupe.

Al explicar la toponimia de Atarjea, Guanajuato, Wikipedia señala que la palabra proviene del otomí, pero se equivoca: el vocablo está documentado en castellano desde 1527, y sus significado no ha variado gran cosa: “Conducto o encañado por donde las aguas de la casa van al sumidero”. Y así como hay quienes podrían creer erróneamente que “Atarjea” es una palabra de origen prehispánico, el caso inverso también es frecuente: qué me dicen de Querétaro, municipio en donde se asienta la capital del estado homónimo. Se trata nada menos que del vocablo que hace unos años fue votado como la palabra más hermosa del idioma español, de acuerdo a los más de 33 mil sufragantes convocados por el Instituto Cervantes. Pero resulta que no es un palabra de origen castellano; lo más probable es que provenga del purépecha crettaro, que significa “lugar de peñas”.

Izamal, Abalá, Ticul, Umán y con ellos más de noventa municipios yucatecos —nueve de cada diez de dicho estado— tienen un topónimo de origen maya, tan evidente como las raíces purépechas de municipios michoacanos como Carácuaro o Queréndaro. Pero las procedencias pudieran ser menos nítidas en casos como Moroleón, Guanajuato, nombre compuesto por la palabra “Moro”, lugar de origen de sus primeros pobladores, y León, apellido de un general que comandó a la caballería guanajuatense en un asalto a Oaxaca, a principios del siglo XIX.

No faltan nombres tan enmarañados como el del municipio oaxaqueño de San Felipe Jalapa de Díaz, que apela a tres tradiciones: la católica, la indígena y la liberal. San Felipe se llama en recuerdo al primer santo mexicano, Jalapa se compone de Xalli, arena, y pa, es decir, “arenal”, y el “de Díaz”, claro, es para honrar la memoria de don Porfirio.

Los anteriores ejemplos muestran que, si bien en muchos casos resultó sencilla la decisión de qué etiqueta adjudicarle a un determinado municipio, en otros fue intrincada. Pero basta de prólogos y vayamos a los resultados. En primerísimo lugar, con más de un millar de municipios, están los topónimos de origen indígena: cuatro de cada diez. En segundo sitio aparecen los nombres de tipo histórico, que representan una cuarta parte del total. Siguen los nombres sincréticos, con casi una quinta parte. Después, los religiosos, con 181 municipios, y con apenas un 5%, los topónimos que dan cuenta de algún rasgo natural.

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Entre los topónimos históricos, aquellos que se refieren a algún personaje o episodio de la Independencia son los que mayor participación tienen, seguidos por los alusivos a la Reforma. Enseguida, 118 municipios tienen nombres que se refieren a cualquier otro evento o personaje de la historia nacional, distinto a las grandes etapas. Después, con poco más del 10%, están los nombres relacionados con a la Revolución, y por último los que de algún modo se refieren al período colonial.

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Finalmente, a continuación está el top ten de los toponímicos municipales. Si bien los municipios que tienen una toponimia de origen indígena alcanzan una mayor presencia, entre ellos la diversidad es extrema, mientras que en los religiosos no lo es tanto o bien se pierde. San Juanes habrá muchos, pero en el nombre oficial de los municipios no se explicita a cuál de ellos se refiere. Así, los cinco primeros lugares se los lleva el santoral católico: Santiago (65 municipios), San Juan (61), Santa María (58), San Pedro (49) y San Miguel (35). Luego, hasta la sexta posición aparece un héroe cívico: Benito Juárez (33), seguido por el pater nostrum de la Suave Patria, Miguel Hidalgo (27). Santo Domingo ocupa el octavo sitio (22). Tres nombres religiosos —Santa Cruz, San Andrés y San Francisco— comparten con Vicente Guerrero el siguiente escaño (19), y en el décimo lugar Morelos y Santa Catarina hacen lo propio (18).

Para terminar, una pregunta cuya respuesta quizá no nos guste, aunque nos retrata fielmente. ¿De los 2,457 municipios que integran México, cuántos llevan por nombre el de una mujer? Si descartamos a las santas y vírgenes, no llegan a 200 ni a 100 ni a 50. De hecho, son menos de 10, y eso, tomando por ciertas algunas hipótesis.

Supongamos que tienen razón quienes sostienen que Tijuana, Baja California, se llama así en recuerdo al Rancho de la tía Juana, sin embargo no se sabe mucho más sobre la mentada dama. De quien sí sabemos bastante es de doña Josefa Ortiz de Domínguez, apelativo de la mujer a quien se refiere el municipio queretano Corregidora.

Celia era el nombre de pila de una de las hijas del gobernador porfirista Francisco O. Arce; pues para agradar al funcionario, nombraron Arcelia al poblado que a la postre resultó la cabecera del homónimo municipio de Guerrero. Coyuca de Benítez, también en tierras guerrerenses, debe la adenda al apellido de la señora María Faustina Benítez, esposa del insurgente Juan N. Álvarez. En Jalisco, el municipio Magdalena lleva tal nombre en recuerdo a la hija del cacique indígena Goaxicar, quien gobernaba Xochitepec. En honor a la hermana de Gerardo G. García, dueño de la Hacienda de San Marcos, es que así se denomina Loreto, Zacatecas.

Y no es por la virtud teologal que el poblano municipio Esperanza fue nombrado del tal modo, sino en memoria de una de las hijas de los fundadores del poblado. Padilla, Tamaulipas, se nominó así en recuerdo de la esposa del II conde de Revillagigedo, quien gobernó la Nueva España a finales del siglo XVIII. Por último, perduran los decires populares que aseguran que tres mozas que vivían en un poblado de la región de Comitán, Chiapas, compartían el nombre y una belleza exorbitante, tanta que se le plantó el nombre de Las Margaritas primero a una ranchería y luego al municipio.

Agradezco a Sergio Cruz García y a Reyes Hernández Sánchez su apoyo en la investigación y clasificación de topónimos. Germán Castro Ibarra

Fuente: http://cultura.nexos.com.mx/?p=8554


 

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