Centenario del natalicio del ex rector de la UNAM, Javier Barros Sierra

Javier Barros Valero pronunció unas palabras en la ceremonia conmemorativa del centenario del natalicio del Ingeniero Javier Barros Sierra, y en la entrega del reconocimiento Autonomía Universitaria, en el Teatro Juan Ruíz de Alarcón, en Ciudad Universitaria, este martes.

A continuación, el discurso completo:

H. Junta de Gobierno, H. Consejo Universitario, Señor Rector, Señores ex Rectores, Señores galardonados, Señoras, señores:

En nombre de mi familia y en el mío propio, agradezco a la autoridad universitaria su voluntad para organizar este acto con el que recordamos a Javier Barros Sierra a cien años de su nacimiento.

No parece del todo casual que coincidan en esta ceremonia dicha conmemoración y un reconocimiento de tan alto significado. Me refiero, desde luego, al propio centenario de Barros Sierra y a la distinción que recibirán, junto con él, algunos de quienes han contribuido a imaginar, animar y preservar la autonomía universitaria.

Ambos, Barros Sierra y la Autonomía, se hallan estrechamente vinculados por la defensa serena y valiente que hizo él de ella en un momento particularmente crítico de la historia de nuestra Casa de Estudios y, precisa decirlo, de la del País.

La vida de un hombre tan excepcional no podría definirse en un solo acto, por trascendente que este fuera. Es la compleja sucesión de hechos y circunstancias en la existencia de alguien la que permite entender cierta actitud ante un episodio en el que, sin embargo, todo se resume.

En relación con el rector Barros Sierra los hechos y las circunstancias que lo explican son bastante claros -pienso-, si se considera su formación familiar y académica, así como el febril periodo de construcción nacional en que vivió su juventud; dadas, también, la profesión que eligió y su clara inteligencia.

Le correspondería recibir el tipo de educación integral que recuperaba la triada clásica de los planos físico, intelectual y ético, a los cuales se añadía el estético y también el concepto de educación nacional, es decir, cívica, basada en el conocimiento y el amor a la patria -influjo este, por cierto, de D. Justo Sierra- .

Es en esa escuela mexicana en la múltiple acepción, como sistema y doctrina, y como establecimiento escolar, público siempre en este caso, que se formó Barros Sierra.

Y ello, además de sus cualidades intrínsecas, explican su manera de pensar y de actuar y de recrearse, y de comprender a México y al mundo; también, su voluntad de transformarlos.

No abundaré hoy aquí en el ejercicio profesional de Javier Barros Sierra; valga mencionar que lo efectuó con igual responsabilidad y brillo lo mismo en el medio académico universitario, que en la empresa privada y en la administración del Estado.

Su existencia fecunda aunque por desgracia breve, alcanzó un punto de inflexión en 1968, cuando con la sola investidura de rector, sin más poder que el derivado de su autoridad moral e intelectual, hubo de defender a la Institución de sus enemigos externos e internos, abiertos y embozados. Lo que estaba en juego era la autonomía universitaria y con ella, las libertades individuales y colectivas; es decir, el ideal político y social de la democracia en México al cual se debe, precisamente, la Universidad.

Barros Sierra se familiarizó muy tempranamente con la Universidad -y no solo por la herencia genética y cultural de su fundador, su abuelo, D. Justo Sierra-, y pudo comprender cabalmente el sentido teórico y práctico de la autonomía. Pocos años después de que el Estado dotara a la Universidad de esa condición en 1929, ingresaría a la Preparatoria y luego a la Escuela de Ingenieros, en donde se graduaría. En ambos planteles fue consejero alumno y consejero profesor; en ellos enseñó e investigó durante décadas; obtendría la maestría en ciencias matemáticas, en la Facultad respectiva, llegaría a dirigir su propia escuela, la de Ingeniería, y ayudaría a fundar el Instituto de la misma especialidad. Todo ello, desde luego, antes de asumir la rectoría. Conocía las entrañas de la Universidad.

En otro lugar señalé que Barros Sierra era un proto-universitario; para él, la Universidad era su cuna, su casa, su causa, su razón de ser. Una verdadera Alma Mater. Y en verdad lo fue.

Por ello resolvió sin dudar un solo instante encabezar su defensa cuando fue agredida injustamente por un gobierno retrógrado que irónicamente -trágicamente- había olvidado ya que la Universidad era su creatura, puesto que ésta nunca fue independiente sino que, como la definiera Sierra al presentar la iniciativa para su fundación en 1910, era “…un cuerpo suficientemente autonómico dentro del campo científico, pero (…) al mismo tiempo, (…) un órgano del Estado para la adquisición de los altos conocimientos, con la garantía de que serán también respetadas en ella todas las libertades que le puede dar la constitución de su personalidad jurídica…”. (3)

Como sabemos, la condición de corporación pública, de universidad oficial o de Estado, aunque dotada de la mayor autonomía de que pueda gozar un órgano estatal, la conservó la Universidad en 1929 y la mantiene hasta la fecha.

Habría que ahondar, dicho sea de paso, en el equívoco o la confusión por parte del Estado consistente en crear deliberadamente un ente crítico, libre y liberador, para luego no entenderlo, desconfiar de él, repudiarlo e incluso agredirlo. Pero es ese un capítulo aparte que quizá solo podría dilucidar nuestra Facultad de Psicología.

La autonomía universitaria no implica solo la exención de ciertas obligaciones o ventajas exclusivas, sino libertades determinadas para poder cumplir sus propósitos, junto con el imperativo de buscar alcanzarlos. Implica también, señaladamente, delicadas responsabilidades.

Desde su llegada a la rectoría en 1966, como él mismo relata (4) Barros Sierra se impuso la tarea primero preventiva -con base en el pasado de la institución, sobre todo el pasado inmediato-, y luego disuasiva de precisar el concepto, las posibilidades y los límites de la autonomía, verdadera piedra angular de la Universidad:

“Autonomía universitaria es, esencialmente, la libertad de enseñar, investigar y difundir la cultura. (…)”.

“(…) los problemas académicos, administrativos y políticos internos deben ser resueltos, exclusivamente, por los universitarios. En ningún caso es admisible la intervención de agentes exteriores y, por otra parte, el cabal ejercicio de la autonomía requiere el respeto a los recintos universitarios; pero, diversamente, aunque los universitarios, como ciudadanos, pueden ejercer sus derechos constitucionales, la Universidad, en cuanto Institución, no puede participar en política militante, partidista o de grupo, aun cuando en su seno se discutan las doctrinas, opiniones o idearios en que se apoyan tales actividades; ni pretende que su autonomía equivalga a una sustracción a las leyes de observancia común ni (…) a la impunidad de los actos delictuosos cometidos por universitarios, dentro o fuera de sus recintos”.

“(…) la autoridad y el orden en nuestra Casa de Estudios no se fundan en un poder coercitivo, sino en una autoridad moral e intelectual, que solo depende de la conciencia y la capacidad de cada uno de nosotros”.

“La educación requiere de la libertad

“La libertad requiere de la educación”.

Barros Sierra hablaba con naturalidad acerca de la autonomía porque además de universitario -o justamente por ello-, era él mismo un hombre autónomo, es decir, una persona libre, responsable, ajeno a camarillas o conciliábulos; carente de prejuicios, abierto al debate y a la discrepancia, en los cuales veía el camino más seguro para acercarse gradualmente a conclusiones verdaderas.

Señoras, señores:

La admiración y el respeto que muchos profesan a Javier Barros Sierra -no solo los universitarios-, crece sin cesar con el paso del tiempo. Ello ha ocurrido mediante un proceso de ponderación objetiva de sus cualidades y virtudes, sobre todo cuando éstas fueron puestas a prueba por un poder político autoritario, cerrado al cambio, al que de pronto quedó grande la conducción del País y no supo ya reaccionar más que empleando la fuerza bruta.

Pero esa percepción, basada en una realidad histórica a estas alturas inobjetable, se muestra actualmente también en otro plano, esto es, mediante la comparación y el contraste de la claridad, el valor y los principios del Rector, con la inmoralidad, la ceguera y la estulticia que caracterizan desde hace décadas a buena parte de nuestra clase dirigente, muchas de cuyas acciones y omisiones tienen hoy postrada a la Nación.

Nada parece ofrecer a México hoy día esa “minoría selecta” deficientemente educada -hay que decirlo-, sino su constante deterioro, su envilecimiento moral y material; lejos está de satisfacer el bienestar social que debiera ser su primer compromiso.

¿Cómo podría auxiliar nuestra Casa al país que la sostiene, en esta hora de graves desafíos, en esta situación de verdadera emergencia? Quizá solo cumpliendo -como postulaba Barros Sierra- “(…) con sus auténticas funciones que se resumen en una esencial: contribuir al desarrollo democrático e independiente del país, en beneficio de la colectividad entera y no de grupos, facciones o partidos”.

Conviene a las instituciones, lo mismo que a las personas, pausar su acción periódicamente y hacer un examen crítico de su devenir. Ello les permite no solo corregir o perseverar con certeza en sus actos, sino también plantarse con mayor claridad y aplomo para mejor afrontar el porvenir.

Es deseable que la comunidad universitaria, consciente como es, practique continuamente ejercicios de esta naturaleza.

Tengo la convicción de que nuestra universidad, la Universidad que vislumbraron, edificaron y defendieron entre otros los hoy justamente homenajeados, la cual pese a sus múltiples complejidades sigue su marcha ascendente, será capaz de corresponder, hoy y mañana, a la confianza que en ella depositara la Nación en 1910, en 29, en 45… y en 68.

tlalelolco

Imágenes Tlatelolco 1968

Fuente : http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2015/06/02/centenario-del-natalicio-del-ingeniero-javier-barros-sierra-6431.html

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