El legado de Pepe Mujica

Uruguay es hoy el país con mejor nivel de igualdad y más elevado índice de desarrollo humano en América Latina. En los créditos de este logro debe incluirse la presidencia de José Mujica. Cassio Luiselli, ex embajador de México en Uruguay, hace un recorrido por la biografía del hombre humilde y desparpajado que hizo notar a su país como nunca antes.


Terminó por fin en Uruguay la efervescente presidencia de José (Pepe) Mujica. Este primero de marzo la entregó a quien se la había transmitido justo cinco años atrás, Tabaré Vázquez, médico oncólogo y experimentado político de proverbial mesura. A pesar de ser ambos militantes del Frente Amplio, la compleja coalición de izquierda que gobierna Uruguay desde 2005, el contraste entre uno y otro no puede ser mayor. Mujica es intenso, libertario y caótico, mientras que Vázquez, cirujano al fin, es sereno, preciso y más conservador. Ahora que se va el legendario Pepe y regresa Tabaré, es buen momento para revisar el legado del popular presidente que sale y ofrecer un breve testimonio, con ojos mexicanos, de esos años que pusieron a Uruguay en los cuernos de la luna y a Mujica en el santoral laico y la imaginación de millones de personas en el mundo.

En un mundo de cínicos y voraz corrupción, un personaje como José Mujica resplandece como estrella solitaria. Dueño de una gran sabiduría popular, austero, desparpajado y, sobre todo, consecuente, Mujica se convirtió en ejemplo, un icono mundialmente reconocido. Pero hay algo de farol de la calle en sus años de presidente, mucho más popular afuera que adentro. Un presidente más querido que admirado en su país, con un gobierno de claroscuros, con más verbo que sustancia y que no concretó infinidad de proyectos que se propuso. Pero aun así fue el hombre que puso, como nadie antes, a su pequeño país en el mapa.

Quizá sólo Uruguay pudo producir un personaje así. En todo caso, se explican mutuamente. Así, tan extraordinario como Mujica es su entrañable país, que permitió con democracia genuina y la fuerza de los votos poner en la presidencia a un ex guerrillero heterodoxo de cuna humilde. A fines de 2013 el influyente semanario británico The Economist lo designó el país del año: por su “particular receta para la felicidad humana”. No se puede entender cabalmente a Mujica si no se entiende también a Uruguay: ferozmente laico, ilustrado, republicano e igualitario: “…aquí naiden es más que naiden”, proclamó desafiante el caudillo Aparicio Saravia hace ya más de 100 años.

Con poco más de tres millones de habitantes es el país más anciano y menos poblado de América Latina y el de mejores niveles de igualdad y más elevado índice de desarrollo humano. Tiene también el menor índice de corrupción. Sus ciudadanos cariñosamente le apodan “el paisito” pero su ondulado y monótono territorio no es tan pequeño; es mayor que cualquier país centroamericano; equivale en población a Oaxaca pero con el doble de su territorio. Hoy Uruguay sólo es superado por Chile en ingreso per cápita en América Latina, pero con el ingreso y la riqueza mucho mejor distribuida: Uruguay se acerca al nivel de vida de Portugal, y es ya casi un país “desarrollado” rozando los 18 mil dólares de ingreso per cápita y la menor proporción de indigentes de toda América Latina, ni siquiera el 1%.

El Frente Amplio, con los gobiernos sucesivos de Tabaré Vázquez y José Mujica han llevado a Uruguay a una época de prosperidad que tal vez nunca antes habían conocido, o por lo menos no desde hacía más de siete décadas: una nueva prosperidad con equilibrio macroeconómico y tasas de crecimiento anual promediando casi 7% entre 2003 y 2013; una década dorada, donde disminuyó la pobreza de más de 30% a poco más de 10% de la población. Es cierto que, al igual que muchos otros países sudamericanos, se benefició del auge exportador de materias primas, sobre todo a China y Asia del Este, pero Uruguay administró su auge con más prudencia y ha manejado mejor la economía que sus grandes vecinos, Brasil y Argentina. El Frente Amplio, a lo largo de estos 10 años, ha confiado a la mano firme del ministro de Economía y luego vicepresidente, Danilo Astori, el manejo de la política macroeconómica, y lo hizo con gran éxito; utilizó políticas contracíclicas para palear la crisis de 2009 y medidas redistributivas y programas sociales muy exitosos.

El boom de las commodities y una prudente política económica han sido los ingredientes básicos del éxito. A partir de 2003 empieza una notable recuperación y deja atrás más de 50 años de relativo estancamiento. Al inicio del siglo XX Uruguay era más próspero que la misma Argentina y se le conocía como la “Suiza de América”. En el presidente José Batlle y Ordóñez tuvo su Benito Juárez, uno de los grandes reformadores liberales y constructores nacionales de América Latina. Batlle es el mismo con quien José Vasconcelos tuvo un épico desencuentro, relatado en La raza cósmica. Batlle impulsó y logró instituciones liberales admirables, que por su alcance y visión bien se le puede considerar como el verdadero fundador de la Social Democracia: educación básica universal, laica y gratuita; expansión de la salud pública, pensión universal a mayores de 65 años, divorcio, voto femenino y una separación tajante entre la Iglesia y el Estado. Sólo el México liberal tuvo algunas de semejante calado en décadas anteriores. Es en esto donde Uruguay, republicano, igualitario y clasemediero se desmarca de su hermana rioplatense, Argentina, mucho más conservadora y religiosa. Son las décadas espléndidas del Ariel de Rodó, la filosofía de Vaz Ferreira, la poesía de Juana de Ibarburu, el ensayo de Zorrilla de San Martín; la pintura de Torres García y los cuentos magistrales de Horacio Quiroga. Antecedentes de escritores de la talla de Onetti y también del edulcorado Benedetti.

Al igual que Vázquez, Mujica proviene de un barrio pobre de las periferias de Montevideo: nació hace casi 80 años, en mayo de 1935. Su padre era un pequeño estanciero (ganadero) que se encontró en quiebra poco antes de morir, cuando Mujica tenía seis años. El Pepe crece muy cercano a su madre y la familia materna. Vive una vida de relativa pobreza y sacrificio. Casi todavía niño trabaja apoyando a la madre cultivando y vendiendo flores. Cursó sus estudios primarios y secundarios en la escuela y liceo público del barrio. Terminado el ciclo básico, ingresó al equivalente de la preparatoria, que no llega a terminar. De muy joven se afilia al Partido Blanco, nacionalista y populista; luego milita en un par de agrupaciones más de izquierda, para por fin hacerse miembro de los Tupamaros (Movimiento de Liberación Nacional)

Su pasado guerrillero siempre se menciona, pero no se repara mayormente en él: merece contarse un poco más, sobre todo porque explica la transformación y el talante de Mujica: el sufrimiento transformador del encierro forzoso. Mujica no encabezó el movimiento tupamaro (MLN), eso correspondió al legendario líder cañero Raúl Sendic, pero sí se contaba en el primer puñado de sus dirigentes. Los tupamaros fueron la primera y quizá la única guerrilla urbana activa en América Latina. Buscaron la vía armada aun cuando el Che expresamente había recomendado, en el caso de Uruguay, seguir por los cauces democráticos.1 Pero no le escucharon y en cambio siguieron los consejos de Regis Debray, buscando organizar una guerrilla urbana al no haber condiciones para un alzamiento rural. Los tupamaros surgen a la lucha guerrillera activa hacia 1963, pero se organizan en definitiva hasta 1965, Mujica entonces ya había sido hecho prisionero por algunos meses tras un intento de asalto para reunir fondos. Pero la lucha guerrillera tupamara tendría su etapa más álgida entre 1968 y 1972, cuando el gobierno dicta represiones severas conocidas como “Medidas Prontas de Seguridad” para enfrentarlos sin piedad ni cuartel y fueron vencidos por el ejército uruguayo. Viven la amarga ironía de la derrota y más tarde, cuando no había causa ni justificación alguna, se instala la dictadura al entregarles sin más el poder, el tristemente célebre presidente civil Juan María Bordaberry.

La guerrilla tupamara no fue particularmente cruenta, pero murió gente y se emplearon métodos violentos, como sabotajes y dinamitar instalaciones, asaltos bancarios, secuestros y encarcelamientos en autonombradas “cárceles del pueblo”; la policía y el ejército respondieron con dureza extrema. El comandante Facundo (Mujica) participó en varios de estos episodios, pero a pesar de andar armado nunca cobró una vida y siempre fue considerado como un hombre amigable y más dispuesto al diálogo que a intercambiar tiros. El primer operativo importante de Mujica fue contra un diario y una estación emisora de radio, “Ariel”, que dirigía Jorge Batlle,2 de personalidad similar, quien también llegaría a presidente al retorno de la democracia (2000-2005). Por cierto, Batlle, de gran prosapia republicana, liberal y democrática impulsó, contra la opinión de Brasil, un TLC con México que hay que agradecerle.

En 1969 las cosas se enconan y Mujica pasa a la lucha clandestina: participa en la célebre y audaz toma de la ciudad de Pando, donde mueren cuatro personas. Él estuvo a cargo de bloquear una central telefónica. En marzo de 1970 cae seriamente herido en un episodio con la policía al interior de un bar, mientras preparaban un operativo. Recibió seis tiros en el estómago. Pasó dos meses en un hospital militar y luego trasladado a la prisión montevideana de Punta Carretas (hoy, signo de los tiempos, convertida en un elegante shopping mall). En 1971 se fuga con otros 100 presos de manera espectacular, cavando túneles. Pero semanas después es reaprehendido, para huir de nueva cuenta poco después. Esta vez el túnel se cavó desde el exterior, a partir de la red de cloacas de la ciudad, red que usaría otra vez por lo menos para escapar de los militares. Facundo se hizo un experto en cavar túneles.

En agosto de 1972 cae una vez más preso y esta vez ya no habría fuga: es torturado sin clemencia y fue a parar en varias cárceles militares en donde padeció la mazmorra y el temible calabozo, incomunicado en condiciones durísimas: la picana y el ahogamiento (el tehuacanazo como lo conocemos aquí). En el confinamiento solitario pasó siete años sin poder leer una sola línea, perdida la noción de tiempo y lugar, al igual que Mandela, había que conversar con las cucarachas para no enloquecer. Fue una década de brutal aislamiento y tuvo, como él mismo reconoció, serios problemas psicológicos. (Es de notarse una ironía de la historia: precisamente durante esos mismos años, al otro lado del Atlántico, Mandela, otro prisionero que sería luego presidente, padecía las mismas condiciones de confinamiento solitario.)

Por fin, tras 13 años de prisión, a sus 50 años, es liberado en marzo de 1985 gracias a una ley de amnistía. Reinicia su militancia en el MLN, ahora de forma libre, democrática y abierta. Explícitamente, los tupas se hacen una autocrítica y renuncian solemnemente a la vía armada. Mujica finalmente se reencuentra con su compañera de vida, Lucía Topolansky, que también había estado presa y con quien por fin se casa años más tarde; tristemente, no fue tiempo ya de tener hijos. Para 1989 el MLN (tupamaros) es admitido en el Frente Amplio e inicia su saga democrática. Ya en el Frente Amplio el MLN y otros grupos de izquierda, forman el Movimiento de Participación Popular (MPP) que logra muchos votos y ascendiente dentro del Frente Amplio. En 1994 es elegido diputado por Montevideo y luego senador. El presidente Vázquez lo hace ministro de Agricultura y en 2009 renuncia para ser candidato a la presidencia.

Muchos pensaban que jamás llegaría a presidente. “Es impresentable”, escuché decir a más de uno. Pero su toque con la gente, sagacidad y su especial carisma lo hicieron el candidato triunfante. Una noche memorable, en la residencia de México en Montevideo, cenaron los nueve precandidatos a la presidencia de Uruguay; grandes rivales políticos, adversarios implacables en la tribuna, pero con la civilidad uruguaya que les permite sentarse en la mesa de una embajada amiga y conversar con cordialidad y vino tinto, el insuperable asado uruguayo, esta vez acompañado de guacamole y totopos. Las encuestas entonces no apuntaban a un claro ganador, no sólo entre los tres partidos, sino al interior de los mismos. Al final de la cena, a la hora de las despedidas, el personal uruguayo de la embajada pidió, con embarazosa preferencia, tomarse “la foto” sólo con uno: Mujica; “este es el bueno”, pensé. Así fue.

En marzo de 2010 llega por fin el Pepe a la presidencia de la República. Empieza a construir su leyenda. Señala como prioridades cuatro ejes para construir políticas de Estado en torno a los mismos, con la participación de los partidos tradicionales de oposición, los “blancos” (nacionalistas de centro-derecha) y los “colorados” (liberales republicanos): educación, seguridad, medio ambiente y desarrollo energético. Se propuso una innovadora y ambiciosa reforma del Estado, con una nueva administración pública, basada en el modelo neozelandés, país comparable en dimensión.

Afectuoso y amigable, pero a veces también huraño. Desparpajado y mal vestido; no tiene empacho en meterse un dedo en la nariz si siente cosquilleo o andar en bermudas y chanclas durante el tórrido verano rioplatense. Sospecho se deleita escandalizando a los puristas del lenguaje espetando: “puédamos” y “háigamos” sin el menor rubor. Come en cualquier bolichito (changarrito) y conversa con el primer parroquiano que, sorprendido, le ve llegar; hace cola con su ficha en las clínicas. Tarde en la noche regresa a su modestísima chacra (ranchito) en las afueras de Montevideo, con su esposa, la senadora Topolansky. Ya en la pequeña casa, los dos viejos se las arreglan solos, desde tender las camas, limpiar y cocinar; poner el fuego para asar la carne, preparar los mates y luego lavar los trastes. En la casa del presidente no hay personal de servicio. Mantienen más o menos el jardín y sus amadas flores. Van de compras y charlan con los tenderos. Mujica vive y encarna la austeridad republicana que muchos pregonan y pocos cumplen. La vive sin aspavientos, todos los días, con normalidad.

Así, Mujica fue imprimiendo su estilo heterodoxo y peculiar. Una y otra vez recordó que su pasado guerrillero no inspira ya sus afanes en estos nuevos tiempos de democracia. Ecléctico más que pragmático, harto de ideologismos barrocos, deslumbró con su filosofía popular y sentencias llenas de ironía y genuino rechazo al consumismo. Lenguaraz incorregible metió más de una vez en problemas a su gobierno por opinar, decir y espetar sentencias sin el mayor cuidado a la diplomacia y sus formas. Según un diario de Montevideo, El Observador, Mujica emitió dos mil 871 opiniones durante su mandato, obviamente no siempre consistentes la una con la otra: “como te digo una cosa, te digo la otra”, lo ironizaba la oposición. Además, dijo barbaridades diplomáticas como llamar “tuerto” al finado Néstor Kirchner y “terca” a Cristina, su viuda y presidenta. Tuvo que recular ante la protesta, por calificar a México de “Estado fallido”; con Cuba, su gran fuente de inspiración ideológica original, tuvo un enfriamiento tras recibir a una delegación opositora de las “damas de blanco”.

Como embajador de México, viví su ascenso al poder y la mayor parte de su presidencia. No siempre fue fácil. Su sureña preferencia por Brasil me ponía en aprietos, pues nuestro cometido era manifestar un saludable contrapeso a la enorme influencia de Brasil en esa zona. “Hay que viajar en el estribo del Brasil”, decía. Por México, Mujica mostró siempre un evidente afecto. Pero lo conoce poco y lo mira más desde las hazañas de sus hombres míticos como Zapata y Villa; desde luego, agradeció el asilo que dimos a centenares de víctimas de la dictadura de los años setenta, pero no acaba de comprender la dimensión y la dinámica de México en la economía global. Uruguay tiene con México un TLC y una alianza estratégica, pacientemente construida en la eficaz presidencia de Tabaré Vázquez y debe ser mejor aprovechada por ambas partes. Pero Uruguay pareciera apostarle a Brasil como gran prioridad, y el discurso de una sana diversificación a menudo se quedaba en enunciados

Organizamos para Mujica una visita de Estado a México, por deferencia a su edad y salud se decidió que no llegara a la altitud de la ciudad de México y se llevó a cabo en Guadalajara. Las cosas salieron bien pues México le dio apoyos que le escatimaba el Mercosur. Se le veía feliz y conmovido con los niños mexicanos que agitaban banderitas de su país. Se refería a los mexicanos como “compatriotas” y en varias ocasiones se le quebró la voz. Tampoco se ahorró elogios ni miradas a la guapura de las tapatías.

Tuvo su noche mexicana y la disfrutó en grande: una cena que se le organizó en un rancho de Jalisco a un par de horas de Guadalajara. Un casco viejo de hacienda, hermoso, con árboles frondosos y un mar de bugambilias. Me inquietaba que pasaran las horas y ver el cansancio del anciano presidente. Pero él se notaba feliz conversando y escuchando un auténtico mariachi; poco después, se calzó un gran sombrero de charro. Al final dijo en su discurso que “por fin se le había cumplido un sueño de la juventud: vivir dentro de una película de Jorge Negrete”. Así, ser embajador de México en los tiempos de Mujica fue grato y complicado a la vez. Recuerdo cuando lo conocí en su modesto y desordenado despacho de ministro de Agricultura. Me impactó su mirada intensa, sus ojos expresivos, llenos de vida. No mira como viejo. Algo tiene su mirada: dolor y la sabiduría que sabe a sus años de encierro en el pozo; me vinieron a la mente algunas innegables semejanzas con Mandela: en el calabozo rozas la locura y es una de las más brutales experiencias de vida. Sales siendo otro.

A pesar de que su gobierno mantuvo y aun mejoró la todavía incompleta reconciliación nacional y la plena normalidad democrática, sus aciertos más importantes fueron en el ámbito de la expansión de derechos, como la regularización laboral de los peones rurales, el matrimonio del mismo sexo, la despenalización del aborto. Pero sus logros como presidente son limitados. Cierto, la economía se mantuvo firme pero conducida por un grupo distinto al suyo y que fue muy asediado ideológicamente dentro del propio Frente. En tres campos cruciales no pudo concretar grandes reformas ni mejoras siquiera: la educación, la vivienda y la infraestructura. La inseguridad y la rapiña menor asolaron a Uruguay durante todo su gobierno. A decir de todos —y aun de él mismo— su gran fracaso fue la educación, pero igual suerte corrió la política de vivienda. Prometió ferrocarril y no hubo ferrocarril, prometió puerto de aguas profundas y no hubo, prometió una gran minera de hierro y no, al menos no todavía.

El que quizá fue el más visible y polémico logro de su gobierno nunca estuvo en su plataforma electoral: la legalización de la marihuana. Medida audaz, algo improvisada, que le valió la atención del mundo entero y una muy dividida aceptación en el propio Uruguay. No deja de ser irónico que el país que se distinguió por abatir el consumo del tabaco ahora se encargue de la producción y consumo de la marihuana. El Estado asume íntegramente la plantación, la inspección de los productores autorizados, la preparación y comercialización de cannabis para consumirse preferentemente en clubes. El autocultivo también se permite (hasta seis plantas). La ley respectiva, aprobada por el Congreso a fines de 2013, lleva más de un año en los engorrosos e infinitos detalles relativos a su reglamentación y las dificultades de su aplicación y vigilancia. La venta libre de hasta 40 gramos que podrán adquirir mensualmente consumidores registrados no se acaban de materializar, entre otras porque las farmacias se niegan a vender algo que nadie reconoce como medicina. Tabaré Vázquez no tiene prisa en su implementación y ante la opinión negativa (más de 60% en contra) y los reproches de la Junta de Estupefacientes de la ONU, seguramente se tomará tiempo y mucho cuidado antes de implementar la nueva legislación, toda vez que ni los dueños de farmacias, ni el exiguo número de consumidores registrados, apenas unos dos mil, muestran mayor entusiasmo por la medida. Mientras, el consumo tradicional, al cual se accede de manera “ilegal”, sigue boyante. Para muchos, no deja de parecer ingenuo que se le arrebatara al narco un mercado, cuando éste seguirá manejando todas las demás drogas y pugnará por una tajada del nuevo mercado haciendo valer su conocimiento y posicionamiento en el mercado a través de la competencia.

Otro aspecto polémico del gobierno de Mujica fue su política exterior, en la que hubo por igual aciertos y fracasos. Su forma de ser, su capacidad mediática y sus valores humanistas le granjearon enorme simpatía y cobertura de medios, posicionando espléndidamente a Uruguay como un país tolerante y abierto. Por fortuna para nosotros los mexicanos, tuvo un discurso latinoamericanista que de alguna manera contrarrestó el sudamericanismo excluyente de aquellos años. Uruguay mantuvo e incrementó su “poder suave” pero se mostró siempre renuente a moderar los exceso del chavismo, al cual apoyó sin cortapisas. Tampoco logró con sus pares sudamericanos reformar el cada vez más fallido Mercosur. Pero su gran fracaso en política exterior fue no haber podido restablecer las buenas relaciones con Argentina. Había heredado un problema que tuvo Tabaré; cambió el tono y extendió la mano, pero no se pudo ni con el proteccionismo y menos con la soberbia del otro lado del río. Por último, tomó medidas espectaculares que parecen no estar funcionando: trajo refugiados sirios y presos de Guantánamo. Esto fue, de nuevo, más popular afuera que adentro y los refugiados no dan señal alguna de querer integrarse a la sociedad uruguaya.

Mujica no tiene, ni de lejos, la instrucción y cultura de sus pares, pero deja huella en la historia y, como ningún otro, logró poner a su país en el mapa con maestría y su testimonio de vida. Así, es válido decir que de alguna manera peculiar su mayor logro es él mismo. Termina su presidencia y no se va a ningún lado: seguirá viviendo como siempre en las periferias de Montevideo. No es el político más pobre del mundo; si se suma su salario y el de su señora en el Senado y aunque donasen 80% de su ingreso, este par de viejos austeros tendrán para vivir sin demasiados apremios el resto de sus días, como vive la clase media latinoamericana. Así, en su chacra lo espera no la pobreza, sino una vida apacible con su mujer, su perra coja Manuelita; el vocho del 87, sus flores y un sinfín de recuerdos podrá meditar en sus logros y desilusiones, pero por ahora apenas si tendrá tiempo, pues en el Senado uruguayo hay mucho que defender y debatir con políticos de gran hechura. Por fortuna, todavía no es hora de decirle adiós al entrañable Pepe Mujica

Cassio Luiselli Fernández
Ex embajador de México en Uruguay.

Fuente: http://www.nexos.com.mx/?p=24799

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