Francisco López Guerra / Vocación por su oficio

Después de perder a su papá cuando era adolescente, el arquitecto Francisco López Guerra empezó a trabajar y a valerse por sí mismo. Con el tiempo, vendió unos edificios que pertenecían a su padre, y a los 21 años, inició la construcción de casas, una de las cuales habitó de recién casado al lado de su esposa, Georgina.Egresado de la Universidad Anáhuac del Norte, el creativo encabeza el despacho LOGUER, el cual se distingue por su visión interdisciplinaria y multigeneracional. En su oficina, con sedes en la Ciudad de México y Miami, proyecta desde modernas casas, hoteles y oficinas, hasta complejos de cine e interiores de yates.La misma empresa tiene una división llamada Museotec, encargada de diseñar y montar museos interactivos y espacios culturales como pabellones, entre los cuales destacan el de América Latina en Zaragoza, España, y el de México en Aichi, Japón. Este último incluso ganó una medalla de plata por su trazo arquitectónico y otra de oro por su conceptualización.

Actualmente, el artífice edifica dos centros médicos para el Hospital General en la Ciudad de México. Asimismo, desarrolla un centro comunitario en Cananea, Sonora.

En entrevista, López Guerra asegura que su mejor herramienta de trabajo es el espíritu de lucha y competividad. Menciona, además, cómo la simpleza y la modernidad son las principales características de su obra.

¿Por qué estudió arquitectura?

Desde que era muy joven, todos los sábados iba con mi papá, quien también era arquitecto y se llamaba igual que yo, a visitar las construcciones. Entonces, al convivir con albañiles, electricistas, y plomeros, me empapé del oficio y empecé a tenerle mucho cariño. Por ello, cuando tuve que elegir una carrera no me quedó ninguna duda, pues ya conocía el estilo de vida y la forma de trabajar.

Creo que la arquitectura es uno de esos antiguos empleos, como la carpintería y la vinatería, que deben aprenderse junto a los padres. En mi caso, también tengo un hijo arquitecto quien estudia en una escuela en Los Ángeles, California.

¿Cómo era de estudiante?

En 1968 entré a la carrera, entonces, me tocó vivir todo el problema estudiantil en México, y, desafortunadamente no pude ingresar a la UNAM, razón por la cual me inscribí en la Universidad Anáhuac del Norte.

Como alumno siempre tuve calificaciones regulares. Cuando inicié mis estudios ya conocía los términos y el lenguaje arquitectónico, por eso sentía que no estaba adquiriendo nuevos conocimientos. No obstante, con el tiempo descubrí mi interés por la historia y el diseño.

¿Qué fue lo que aprendió de aquella época?

Yo creo que hay un error muy grande en las escuelas porque no les enseñan a los alumnos a perder. En la arquitectura se debe competir, pero hay que saber cómo hacerlo sin salir lastimado. Hay que tener la vocación de estudiar y equivocarnos sin temor.

También entendí que los edificios no se pueden valorar en los libros, ya que es importante sentir los espacios, verlos, y apreciarlos en vivo. Razón por la cual es fundamental viajar, aunque sea de mochilazo.

¿Cómo fueron sus inicios profesionales?

Cuando estudiaba trabajé en los despachos de los arquitectos José Adolfo Wiechers y Pedro Ramírez Vázquez.

Un día invité a don Pedro a hacer un concurso para el Museo de Egipto y perdimos. Yo estaba verdaderamente traumado, y me dijo algo muy sabio: ¡Pierde y sigue perdiendo, porque mientras más pierdas, más cerca estás de ganar!

Después edifiqué casas en la Ciudad de México y, más adelante, en los años 80, construí viviendas de fin de semana en Valle de Bravo y Malinalco. El diseño rústico y campestre de estas residencias era distintivo por la generosa entrada de luz natural, los acabados de madera clara y los colores tierra.

Años más tarde, empecé a proyectar museos, los cuales me han permitido desplegar otro tipo de arquitectura, pues considero que son un complemento de la educación formal e institucional.

¿Qué es lo más apasionante de diseñar museos?

Pedro Ramírez Vázquez me dijo en una ocasión que los museos son los mejores comunicadores de la arquitectura, pues es muy emocionante ver cómo los espacios vibran al estar llenos de gente. Además, motivan reflexiones y despiertan pensamientos.

Los recintos culturales que hemos diseñado buscan tener un efecto social y precios muy accesibles, porque en Estados Unidos y en otras partes del mundo, se gastan fortunas en construirlos. En el despacho tratamos de edificar contenedores sencillos y mantener infraestructuras con costos viables.

¿Qué es lo más distintivo en la arquitectura de su despacho?

Creo que hay dos elementos dominantes: el espacio y la luz. Con la experiencia que he obtenido en los años he podido emplear estos recursos con modernidad.

Además, me gusta emplear materiales naturales, como la piedra, y pintar las superficies con colores neutros gris y beige, pues combinan con cualquier otro tono y producen una sensación de tranquilidad.

¿Cómo ha logrado ejercer su carrera exitosamente con el paso de los años?

A mí no me venían a tocar la puerta para decirme: “Arquitecto, hágame mi casa”. Los proyectos más importantes tienes que buscarlos afuera de tu despacho.

Por las circunstancias que viví desde que era muy joven, he adquirido un fuerte espíritu de lucha. Lo considero un músculo que empecé a ejercitar desde muy temprano. Y es que en la vida existe un balance: te quita algo, pero siempre te da algo a cambio.

¿Qué apoyo le pediría al próximo Gobierno para el gremio arquitectónico?

Encontrar la forma de organizar concursos transparentes y vencer problemas de tramitación. Es importante reactivar la posibilidad de que creamos en México y que se hagan participaciones sin trampas.

¿Qué arquitecto ha marcado su vida?

Ricardo Legorreta era un amigo muy generoso que siempre me apoyaba con sus palabras y su presencia. Me enseñó que la fama es un espejismo que se desvanece rápidamente. Evolucionó elementos de nuestra cultura de forma contemporánea y, además, fue un excelente promotor de la arquitectura mexicana.

También valoro mucho el trabajo de Pedro Ramírez Vázquez, quien conoce a profundidad la historia de nuestro País y se mantiene activo con el paso del tiempo.

¿Qué opinión le merece la arquitectura mexicana?

México no es una potencia militar ni financiera. No obstante, nuestras propuestas culturales son de primer nivel. La arquitectura nacional es muy bien recibida en el exterior. Creo que ni siquiera el problema del narcotráfico nos ha afectado en ese sentido.

¿Usa redes sociales?

No, todo el mundo me dice que lo haga. Me estoy preparando para empezar a utilizarlas, pero primero voy a modificar y reconstruir la página web de mi despacho. Me interesa conocer más este medio, pues quiero estar en contacto con los jóvenes y nutrirme de su visión. La experiencia de los mayores no sirve de nada sin la opinión del público juvenil.

¿Cuáles son las obras más difíciles de construir?

A veces las casas son más complejas, pues involucran miles de detalles, como los acabados. Si los modificas poco en cuanto a color y textura, creas un efecto totalmente diferente a lo que indicó el cliente. Además, no sólo es importante la estética de los espacios residenciales, sino, primordialmente, que la gente sea feliz al habitarlos.

¿Qué opinión tiene sobre las nuevas generaciones?

Creo que es importante que tengan mayores conocimientos, que escuchen a los veteranos y que aprendan rápidamente lo bueno y lo malo de la profesión. Es importante que los jóvenes comprendan que este oficio es de perseverancia y que hay que trascender los errores cometidos.

Además, deben observar mejor y no crearse falsas ilusiones, pues a veces, en las universidades les enseñan algo distinto a la realidad.

¿Cuáles son sus obras más emblemáticas?

La Biblioteca Pública del Estado de Jalisco, que actualmente está en construcción. La empresa titular de este proyecto fue Museotec, en colaboración con los arquitectos Antonio Toca, Sara Topelson y José Grinberg.

También destacan por su valor social el Museo de Aguascalientes y el Museo de León.

Además, sobresale el Pabellón de México en Japón, ya que fue un edificio eficiente, que expresó la riqueza y biodiversidad de México. Incluso, fue económico, pues costó el 20 por ciento menos que otras propuestas.

En síntesis:

– Hobbie: El automovilismo

– Frases que más le gustan: “Una persona que nunca comete un error nunca descubre nada nuevo”, de Albert Einstein, y “La simplicidad es la sofisticación final”, de Leonardo da Vinci

– Destino ideal: Italia, pues le encanta su humor y simplicidad

– Filosofía: Sin tradición ni historia, no hay innovación ni futuro

– Edificios predilectos: El Hotel Camino Real y el Museo de Antropología, ambos en la Ciudad de México

– Su definición del éxito: Hacer lo que le gusta

Pasajes de su vida

– Empezó a trabajar en la década de los 70.

– Los sábados por la mañana visita obras o va a su oficina para revisar pendientes.

– Lleva 35 años de matrimonio con su esposa, Georgina, quien se encarga de diseñar la museografía de sus proyectos.

– Aunque maneja programas digitales como Sketch y Autocad, no deja de dibujar con lápiz y papel.

– Habla italiano.

“México no es una potencia militar ni financiera. No obstante, nuestras propuestas culturales son de primer nivel. La arquitectura nacional es muy bien recibida en el exterior”

Fuente: http://busquedas.gruporeforma.com/reforma/Documentos/DocumentoImpresa.aspx

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